sábado, 5 de febrero de 2011

Tamara Drewe: adaptando que es gerundio.

Hace un par de días vi una peli que habían recomendado en uno de los pocos programas de televisión que sigo, Página 2, de TVE. Se trata de un programa cultural en el que curiosamente no van de culturetas, el presentador, Óscar López, cae la mar de bien, la banda sonora, tocando palos bien distintos a los que habitualmente me enchufo, es agradable, y las cortinillas con las que dan paso a cada sección tienen un rollito naif que deja al telespectador en un estado de alelamiento capaz de hacerle sentir en armonía con el Universo. Pero de este programa ya hablaré en otro momento. Ahora quería centrarme en Tamara Drewe, de Stephen Frears.
Vaya por delante que no soy, ni muchísimo menos, una incondicional de este director. Las amistades peligrosas y Alta Fidelidad me parecen entretenidas, productos de calidad pero que tampoco me llegaron demasiado. De Mary Reilly aún a día de hoy no sé qué pensar. De salida enfrentar a un monstruo cinematográfico de la talla de John Malkovich con el espantajo de la Roberts es querer muy mal a la novia de América. Vamos, como al lumbreras al que se le ocurrió el crossover "Christoph Waltz vs el de Crepúsculo" (Water for Elephants no me la pierdo ni de broma, menudo "sparring"). Sin embargo admito que es interesante la vuelta de tuerca que supone ese enfoque del clásico de Robert Louis Stevenson, pero como no deja de ser un guión adaptado tampoco acabo de verle el mérito.
Y hablando de adaptaciones, que todas las pelis mencionadas hasta el momento en esta entrada lo son, Tamara Drewe también lo es. En este caso de una novela gráfica que no encaja dentro de mis preferencias, así que debo admitir que no se encuentra entre mis lecturas habituales.
Con Tamara Drewe me ha ocurrido algo que me viene pasando desde hace tiempo. Me he dado cuenta de que, paradójicamente, los personajes principales suelen ser la mera comparsa de los secundarios, que acaban alzándose como los verdaderamente interesantes. En Tamara Drewe abundan los estereotipos, pero algunos estereotipos son más jugosos que otros. La protagonista, interpretada por la despampanante Gemma Arterton, no deja de ser el típico patito feo que vuelve al pueblo convertida en un sofisticado mujerón que volverá locos a todos los que años atrás la despreciaron (¿alguien ha dicho Sabrina?). Nada nuevo bajo el sol. Nada recriminable, por otro lado. Todas las historias están ya escritas desde la Antigüedad, y si no que se lo digan a Ana Rosa Quintana.
Tampoco puede faltar el desfile de pretendientes. Está el chico guapo y sencillo, pobre como una rata pero con un corazón de oro que ama sinceramente a Tamara, lo cual no es óbice para que ahogue sus penas en otros fluidos ajenos hasta que la prota se dé cuenta de que es el hombre de su vida. También está el baterista de rock, que como buen baterista de rock de nuestros tiempos poco tiene que ver con Tommy Lee y desprende un tufillo sospechoso a lo Avril Lavigne. Éste es uno de los que nos tiene que caer mal. Y por último está el escritor de best-sellers policíacos. Éste ya nos tiene que caer requetemal, porque es un adúltero, un pedante, un crétino integral y, sobre todo, un escritor de best-sellers policíacos.
Llegados a este punto lo que lamento de la película es que no se haya centrado un poquito más en los secundarios. El escritor de best-sellers sí está bastante explotado, pero el grupúsculo de literatos que pululan por el retiro de la campiña inglesa merecerían otra película entera para ellos solos. El tímido académico demasiado obsesionado con la perfección de su obra, la excéntrica bloguera lesbiana e incluso esa musa bizcochera y cincuentona que sirve de cordón umbilical entre el mundo real y la torre de marfil en la que se enclaustran sus huéspedes, incluido su propio marido, acaban levantado por sí mismos una película que sin ellos no habría tenido mayor atractivo.
Y mención aparte merecen las dos adolescentes que van sirviendo de hilo conductor a la historia, jugando desde las sombras con las idas y venidas amorosas de todos estos personajes, bebiendo como buenas inglesas de las fuentes shakespearianas del duende Puck, con gracia, con cierta maldad infantil, pero sobre todo con una cantidad ingente de fantasía que despierta una sonrisa de complicidad en el espectador.
En definitiva, una película recomendable para pasar la tarde. Sin demasiadas pretensiones, divertida a ratos y  mejor que la mayoría de los bodrios que pueden encontrarse en la cartelera a día de hoy.

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