lunes, 17 de enero de 2011

Una buena pesadilla para reformar

Hará cosa de un año tuve un sueño. De hecho fue una pesadilla. A veces me gusta tener pesadillas, de la misma manera que a veces, a menudo de hecho, me gusta ver películas de terror.
Una buena pesadilla puede disfrutarse. Me refiero a esas pesadillas que se asemejan a las películas, las que tienen hasta argumento. En mis pesadillas he intentado escaparme de clínicas inquietantes regentadas por "mad doctors", me he enfrentado a zombies que se ocultaban en mi armario (lo de los zombies da mucho juego, algunos hasta se hicieron amiguetes míos), me he sentido amenazada por una araña gigante que avanzaba inexorablemente hacia mí mientras yo me veía incapaz de mover un solo músculo o de gritar... Sí, sí, vale, ésta ya se la había pedido antes Robert Smith, pero puedo jurar por el rabito de Alien que aquella vez me desperté de rodillas a los pies de mi cama dando auténticos alaridos.
A lo que iba. Hará cosa de un año, mes arriba mes abajo, tuve un sueño delicioso. Y no, no salía Harrison Ford cuando todavía estaba bueno. Un sueño delicioso puede ser una buena pesadilla. Una con tintes de película clásica, de película de las de antes. Una pesadilla elegante, con su casona señorial y su malo muy malo pero también muy distinguido,a lo Vincent Price, con juegos de claroscuros y una dama de lo más decadente, con ventanales enormes y tardes lluviosas, que dan todavía más miedo que las noches de tormenta.
Lo bueno de las películas malas y de los sueños desagradables es que llegan a su fin. Lo malo de las grandes películas es que no duran para siempre. Las pesadillas que se hacen querer también acaban, generalmente de forma brusca. La mía ya estaba cercana a alcanzar un final aceptable cuando me desperté. No recuerdo por qué, pero debí hacerlo de repente, porque de otra manera no me habría acordado de nada. Los seres humanos somos así de tristes. Soñamos un montón de cosas maravillosas y horripilantes pero luego se nos olvidan.
A veces nos quedamos con algo.
Yo de aquella me quedé con mucho. Tanto es así que no pude quitarme el dichoso sueño de la cabeza, y acabé por decidir que debía hacer algo para no olvidarlo.
Hace cosa de un año tuve la idea peregrina de coger ese trocito de sueño, ese germen perezoso, y plantarlo en una maceta de word enriquecida, e informarme y regarlo un poco, y crearle un hábitat apropiado para ver si prendía y le daba por brotar como dios manda y le salían frases e igual hasta acababa echando capítulos o algo que se le pareciera. Vamos, que con la tontería llevo cincuenta y pico páginas de novela, y la verdad es que del rollito peli de serie B de las cinco de la tarde del ciclo de Roger Corman ya va quedando poquito, y va a acabar resultando que con todo lo que yo he despotricado de los autores españoles porque son unos pesados y no saben hablar más que de la Guerra Civil, he situado la acción en el Madrid de posguerra.
No sé si esto me va a llevar a alguna parte. Tengo temporadas en las que me da por retomarla y de verdad es como si me fuera allí, a aquella casa opresiva y llena de verdades a medias, y pudiera ya no ver por una rendija a sus habitantes, no, pudiera meterme en sus cabezas y sondear sus más íntimos pensamientos, y le arranco diez o doce folios a la ficción de una tacada. Otras veces me olvido de ellos y los dejo colgando de la nada más absoluta. Eso, me digo, es ser una mala madre. Pero ahí se quedan.
De momento no tengo tiempo para volver al Madrid de posguerra, así que no me siento especialmente culpable. Sé que este mes no es el mejor para dedicárselo a mis pequeños bastardos de tinta. Pero ocurre que ayer, revisando documentos y apuntes de clase, me dio por abrir éste con mis cincuenta y pico páginas de pesadilla para entrar a leer, y volví a enamorarme.
A algunos de sus personajes, a los que hacía ya meses que no veía, les ha cambiado la cara. Uno me ha engordado y le ha crecido hasta el pelo. Con sinceridad, lo tengo un poco desastrado. Espero que no le parezca mal. No tiene mucho diálogo, así que su presencia física puede resultarle importante.
El caso es que, como ya he dicho, este mes ando ocupada, y yo para ponerme a escribir necesito irme a vivir allí donde están mis bastardos. Hago las maletas y me marcho con ellos una buena temporada. No sé irme a medias y volver para la cena. Como no puedo instalarme en la casona del miedo porque me requieren en estos lares otras andanzas, me desquito escribiendo unas pocas líneas en este blog. Así me alivio la mala conciencia y ejercito la pulpa del dedo para cuando pueda volver a mi querida pesadilla en obras.
De momento escribo sobre que no puedo escribir, y luego, más adelante, ya veremos de qué escribo.
Un besito, pesadillas.

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