miércoles, 19 de enero de 2011

Arte contemporáneo e imágenes autorreferenciales (o "No tengo muy claro qué quería decir")

Arte contemporáneo e imágenes autorreferenciales

Me ocurrió hace ya tiempo, pero podría volver a pasarme cualquier día si no tomara precauciones. Zapear tiene sus riesgos, y además, no nos engañemos, no relaja ni lo más mínimo.
A lo que iba. Estaba zapeando a las tantas de la madrugada cuando me topé con el programa de marras. No recuerdo exactamente cuál era, Metrópolis o alguno del palo, supongo. No voy a ponerme a echar pestes sobre Metrópolis, no sería de recibo teniendo en cuanta cómo anda el percal televisivo a día de hoy. Además, creo que era Metrópolis, pero en realidad esto es lo de menos. El caso es que emitían un monográfico sobre una sujeta, escandinava o alemana, no lo sé porque no le presté mucha atención al principio, que se decía performer, y se definía a sí misma como artista multidisciplinar y etnopolivalente con un claro enfoque polidimensional e intereses intertextuales... Igual no era exactamente eso, pero sonaba del estilo. Como todo.
La señorita en cuestión mostraba sus creaciones con un aire la mar de melancólico, así como a lo Lluvia Pérez. El realizador del reportaje alternaba primeros planos de la susodicha con imágenes de las obras mientras la voz adormilada de la performer trataba de explicar de qué iba todo aquello.
Lo primero que vi ya me llegó al alma. La tiparraca había sido contratada para una fiesta privada. Por lo visto quería expresar la soledad del ser humano en la deshumanizada sociedad posmoderna, así que se vistió con una especie de cancán de época y se colgó bocabajo de un árbol. Como se colgó de una especie de tela elástica daba pequeños botes que debían querer representar los vaivenes de la cotidianeidad contemporánea.
Después enseñaron algunas instalaciones. Esta parte me hizo mucha ilusión, más que nada porque si hacer una instalación consiste en colocar una silla rota debajo de una escalera y plantarle encima una regadera, mi abuela también era artista. De hecho tenía el sobrado llenito de instalaciones.
Por supuesto la respuesta típica y tópica será la de advertir que detrás de las instalaciones de mi abuela no había intención artística. Lo duro es que a la pregunta "¿Qué querías decir con esta instalación?" la Lluvia Pérez teutona se despachó con un anodino "Aquí no tengo muy claro qué quería decir. No lo sé." Y se quedó tan ancha la tiparraca.
De los dibujos que presentó casi preferiría no comentar nada. Para no tener ni idea de cómo coger un lápiz, ella misma se retrató con las declaraciones que siguen: "No, no sé dibujar, y por eso precisamnete tienen valor, porque son inocentes. Ahora con la práctica estoy empezando a dibujar mejor y ya no me gustan tanto".
Me indigna la tomadura de pelo en la que se ha convertido el arte (con minúsculas, que del otro ya hablaré). Y me indigna porque el "todo vale" de Duchamp hace mucho que dejó de valer, y lo triste es que cualquiera con unas mínimas nociones de Teoría o Historia del Arte lo sabe, pero nadie quiere soltar la teta.
Nos hemos acostumbrado a tragarnos discursos recargados y vacíos acerca de obras abiertas e imágenes autorreferenciales, pero lo peor es que hemos perdido nuestra capacidad crítica. Principalmente de autocrítica. Supongo que es más fácil asentir con pose de comprenderlo todo ante la teutona que da botes colgada de un pino que reconocer que uno no tiene ni pajolera idea de qué leches va la movida. Lo bueno de la que da botes es que con soltar el rollito de la trascendencia de la feminidad oculta en el concepto de lo insustancial queda uno como Dios. No sabemos qué carajo acabamos de soltar, pero como el que tenemos en frente tampoco lo sabe y también tiene miedo de no quedar a la altura probablemente aplaudirá la reflexión.
Bueno...
Y ahora que ya me he desquitado a base de bien, para los que disfrutamos sabiendo qué estamos viendo y seguimos pensando que el pavo que pintó lo que tenemos delante debería saber qué quería decir, una recomendación. De hecho dos recomendaciones.
La primera es ir a darse un garbeo por el Museo del Prado. Sólo cuesta ocho euros, cuatro con tarifa reducida. Y a partir de las seis es gratis. No se corre el peligro de encontarse a Lluvia Pérez colgada de un pino. De momento.
La segunda es hacerlo acompañado de este libro: Mitología e Iconografía en la Pintura del Museo del Prado, de Pilar González Serrano, profesora de Arqueología de la Universidad Complutense de Madrid. Una guía de lujo para los que amamos el Arte y la Cultura Clásica, sobre todo para los rancios a los que nos gusta creer que Velázquez sí sabía lo que quería decir.
No fardaremos tanto como si le colgásemos a Las Hilanderas el sambenito de hipertexto transmetafísico, pero igual nos entran ganas de revisar Las Metamorfosis de Ovidio. Y no, no hace falta llevar jersey de cuello alto ni boina francesa. Se disfruta igual con cualquier trapillo.

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